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Traducción de María Alonso Gómez
Berlín, lunes de Pascua, 22 de abril de 1933
Señor canciller del Reich:
En el anuncio del veintinueve de marzo del presente
año el gobierno del Estado declaró proscritos todos los negocios de
ciudadanos judíos. Los escarapates aparecieron cubiertos de mensajes
como «¡Traidores! ¡No compren aquí! ¡Muerte al judío!» y señales de
dirección donde podía leerse «¡A Jerusalén!». Hombres armados con palos y
revólveres montaron guardia en la puerta de los establecimientos, y
durante diez horas la capital se convirtió en escenario de la diversión
de las masas. Después, contentos con el efecto que causó la
escarnecedora medida, se levantó la prohibición del comercio y las
calles recuperaron su apariencia habitual. Sin embargo, ¿no es peor lo
que ocurre ahora? Expulsan a jueces, fiscales y médicos judíos de los
puestos que ostentaban con absoluto merecimiento, impiden que sus hijos
asistan a la escuela, retiran las cátedras a los profesores
universitarios y los envían de vacaciones -un período de gracia que no
despierta sospechas en nadie-, dejan los teatros sin directores, los
escenarios sin actores y cantantes, los periódicos sin jefes de
redacción, se elaboran largos listados de poetas y escritores judíos
para condenar al mutismo a los guardianes del orden moral, cuando no es
en los negocios donde descansan los más nobles valores del judaísmo para
la comunidad, sino en el ingenio.
2 Dice usted, señor canciller, que se ha calumniado al pueblo alemán,
que los vecinos le atribuyen hechos infames que en realidad no ha
cometido; pero ¿acaso el desacierto y la difamación no suelen preceder a
la capacidad y la gloria? ¿Y no nos han enseñado los judíos a entender
esa calumnia como un honor? No es casualidad que vivan tantos judíos en
suelo alemán. ¡Es consecuencia de nuestro destino común! A lo largo de
siglos de migraciones, España los expulsó y Francia no quiso aceptarlos,
pero Alemania lleva más de un milenio ofreciendo cobijo a ese pueblo
grande y desafortunado. El judío atendió a la llamada interior que lo
guiaba hacia donde su vida estuviera a salvo, donde la excelsitud en el
saber cautivó su corazón consagrado a la erudición; Alemania, sin
embargo, la Alemania desmembrada por el forcejeo de numerosos enemigos,
ofreció refugio al perseguido obedeciendo a la doctrina de la libertad.
¿Deben borrarse ahora y para siempre las obras de todo un milenio? En
otras partes del mundo, en los Estados de Occidente, en Sudamérica o en
Rusia, siempre hemos dado lo mejor de nuestra fuerza con absoluta
entrega a otros pueblos. El eterno viajero errante, el alemán, siempre
ha hallado la misión fundamental en el mundo de esa patria suya en
crecimiento aunque pobre en tierras de ultramar. Los constructores de
puentes, comerciantes y colonos alemanes han aumentado la riqueza y el
prestigio de todos los pueblos. ¿Y no nos han afrentado por esos méritos
desde décadas anteriores a la Gran Guerra hasta el día de hoy? ¿Cómo
podríamos nosotros, después de padecer esa injusticia, someter a otro a
un sufrimiento tan poco merecido como el nuestro?
3 La justicia siempre fue un orgullo para el pueblo y, si Alemania ha
alcanzado la grandeza en el mundo, en buena parte es gracias a la
contribución de los judíos. ¿Acaso no se han mostrado agradecidos en
todo momento por nuestra protección? Acuérdese de que Albert Einstein,
un judío alemán, fue un agitador del espacio que, como Copérnico, indagó
en el universo y regaló al planeta una visión nueva del mundo. ¿Se
acuerda de Albert Ballin, judío alemán, que creó la gran línea de barcos
hacia el oeste por la que el barco más grande del mundo llegó a la
tierra de la libertad? ¿Ballin, que no pudo soportar la vergüenza de que
el monarca al que veneraba déjase en la estacada a su país y se quitó
la vida? ¡Acuérdese de que fue Emil Rathenau, un judío alemán, el que
convirtió la Sociedad General de Producción de la misteriosa corriente
de energía y luz en una empresa internacional en países del extranjero! Y
también fue un judío, Haber, el que logró extraer nitrógeno del aire en
su matraz, y Ehrlich, un sabio médico judío, el que, gracias a su
remedio contra la sífilis, conjuró en nuestro pueblo esa insidiosa
enfermedad. Incluso esa muchacha de dieciséis años que empuñó la espada
con garbo en nombre de Alemania y venció en el torneo de Amsterdam era
una joven judía, hija precisamente de uno de los letrados judíos que
ahora están a punto de expulsar de nuestros tribunales de justicia. ¿Se
acuerda? Oh, podría llenar páginas y más páginas con los nombres de
aquellos que pasarán a la historia por su empeño y su inteligencia.
Ahora permítame que le pregunte: ¿esos hombres y mujeres alcanzaron
dichos logros como judíos o como alemanes? ¿La historia de la literatura
que escribieron autores y poetas era judía o alemana? ¿Los actores
cultivaban la lengua alemana o alguna otra lengua extranjera? Los
grandes heraldos que anunciaban una nueva teoría de la sociedad lanzando
la llamada a la cautela que nosotros, para nuestra desgracia, desoímos,
¿lo hicieron en calidad de augures y profetas del pueblo judío o del
pueblo alemán? En la guerra aceptamos el sacrificio de sangre de doce
mil judíos, pero si todavía nos queda algo de juicio en el corazón,
¿cómo vamos a privar a sus hijos, hermanos, nietos, esposas y hermanas
del derecho, adquirido con el paso de las generaciones, a gozar de una
patria y un hogar? ¡Qué fatalidad para quienes amaron al país que los
acogió más que a sí mismos! Porque ¿no fueron acaso los judíos, tan
parecidos a nosotros en su tendencia a la introspección y las
cavilaciones, quienes introdujeron la cultura y la lengua alemana hasta
las raíces profundas de Rusia? En los barrios judíos de los pueblos
polacos siguen oyéndose todavía hoy melodías medievales alemanas, donde
los antepasados de los judíos expulsados mil años antes no secuestraron
el oro de los países, sino unas canciones que cantadas con su voz siguen
conmoviéndonos aunque por desidia las hayamos dejado caer en el olvido.
Cuando el alemán necesita ayuda en territorio extranjero, cuando busca
una persona con la que poder hablar su lengua, ¿a quién recurre? A la
tienda de un boticario judío en el Cáucaso o a una sastrería judía en
los pozos del desierto de Arabia. Hay familias judías a las que robaron o
encerraron en prisión en Polonia por declararse favorables a los
alemanes y ahora que han huido a Alemania el futuro les depara el mismo
destino. ¡Qué amor tan desdichado! Porque dudo que usted crea que los
judíos son incapaces de amar a nuestro país solo porque tienen un origen
extranjero. ¿No convergen también en el pueblo alemán varios orígenes
como los francos, los frisones y los wendos? ¿Acaso Napoleón no era
corso? Y usted mismo, ¿no proviene de un país vecino? Si hubiese visto,
como he visto yo, las lágrimas de las madres judías, los rostros de los
padres pálidos por la angustia, la mirada desconsolada de los niños,
comprendería esa afección fervorosa que sólo conocen las generaciones
que deambulan sin descanso de un país a otro. Para ellos, la unión con
la tierra es más fuerte que para quienes nunca la han perdido. «Yo amo
Alemania -oí un día que le decían unos muchachos a unos padres que,
asustados por las amenazas incesantes, querían abandonar el país para
siempre-. ¡Marchaos vosotros! -les respondieron los chiquillos-. Antes
preferiríamos morir aquí. ¡No podemos ser felices en un país
extranjero!» ¿No le parece que ese sentimiento tan fuerte es admirable?
4 Señor canciller, no se trata únicamente del destino de nuestros
hermanos judíos, ¡se trata del destino de Alemania! En nombre del
pueblo, por el que no tengo tanto el derecho como la obligación de
hablar, me dirijo a usted como alemán de sangre al que no han otorgado
el don del habla para caer en la complicidad del silencio cuando siente
que la indignación le encoge el corazón, y lo hago para rogarle que
ponga fin a esto. El judaísmo ha sobrevivido al cautiverio babilónico, a
la esclavitud en Egipto, a la Inquisición española, a las tribulaciones
de las cruzadas y a los pogromos que tuvieron lugar en la Rusia del
siglo XVI. La resistencia que ha permitido a ese pueblo seguir viviendo
le permitirá superar también esta amenaza, pero la afrenta y la
ignominia que mancharán Alemania tardarán largo tiempo en olvidarse.
¿Quién recibirá entonces el golpe que ahora se lanza contra los judíos
sino nosotros mismos? Si los judíos viven como alemanes y aumentan
nuestra riqueza, entonces el hecho de acabar con su existencia implica
necesariamente la destrucción de un capital que es alemán. La historia
nos ha enseñado que los países que han expulsado a los judíos de sus
fronteras han acabado pagándolo con su propia pobreza y han caído en la
indigencia y el desprestigio. Si bien concedo que a los judíos ya no se
los humilla por la calle como en los primeros días, y que en público se
manifiesta respeto por su vida, a escondidas se les dispensa un trato
vejatorio. No sé cuántos de los rumores que susurra la gente son
ciertos. Barrios enteros de la ciudad han quedado abandonados al saqueo,
el resplandor de las llamas ilumina las pintadas en los muros de las
casas, el canto de los soldados procedente de camiones adornados con
banderines recorre las calles, y todo el mundo observa con horror ese
torbellino que amenaza con arrasarlo todo. En periódicos y viñetas se
los somete a la situación más espinosa a la que puede enfrentarse un
hombre: la humillación y el escarnio. Ahora que han pasado cien años de
Goethe, y de Lessing, volvemos a la mayor tribulación de todos los
tiempos, a la pasión ciega de la superstición. La inquietud y el peligro
aumentan, igual que los trenes atestados de gente con destino al
extranjero, los gritos de desesperación, las escenas de pánico y los
suicidios. Y mientras una parte del pueblo que, si bien sería incapaz de
defender esa postura ante su conciencia, aplaude estos procedimientos
con la esperanza de obtener alguna recompensa a cambio y deposita la
responsabilidad en el gobierno, éste prosigue con las medidas destinadas
a la expulsión a sangre fría, lo cual tal vez sea peor incluso que la
matanza, y desde luego menos excusable, porque es el resultado de la
premeditación serena y no puede desencadenar sino la destrucción de
nuestro pueblo. ¿Cuál será la consecuencia? En lugar del principio moral
de la justicia prima la pertenencia a una estirpe. Lo que hasta ahora
resultaba decisivo respecto de la vida de las personas para la
adjudicación de los puestos públicos no eran sus creencias ni su linaje,
sino únicamente sus méritos. Usted mismo ha encomiado el espíritu
creativo como la cualidad más valiosa que puede poseer un pueblo, como
la fuerza más noble de sus inventores y pensadores. Sin embargo, de
ahora en adelante los torpes y los inútiles sin escrúpulos podrán decir
que desempeñan un cargo simplemente porque no son judíos, porque les
basta su condición de alemanes, una condición que incluso puede
servirles de escudo para cometer un acto perverso con impunidad. En el
instante en que quienes se sirven de la adulación y el aplauso -con la
intención de someterse a los nuevos señores- se postren ante esa
doctrina por la que usted y sus amigos arriesgaron la vida y la
reputación y que sin embargo es ajena a ellos, éstos ordenarán
detenciones por motivos de sangre y enviarán a los individuos más viles
para que revuelvan las entrañas de las familias y, si es necesario, las
acorralen hasta dar con aquel que se muestre díscolo. ¿Puede
considerarse la participación en la guerra un hecho determinante para
juzgar la habilidad y el talento de un médico? Si todavía viviese Walter
Rathenau, que fue ministro del pueblo alemán en el período más difícil
después de la guerra, no le permitirían ejercer como médico o abogado
porque no sirvió en el frente, y sin embargo se encargó de evitar que
nuestra patria sucumbiera antes de tiempo porque el Estado no fue capaz
de implantar una economía de guerra. No era de las trincheras, sino de
la emboscada de la paz de donde procedía la bala que le dispararon, y no
por eso se descubrió el pecho con menos coraje. Se ha abolido la
diferencia entre el bien y el mal, ¿acaso eso no pone en entredicho la
relación del propio pueblo? Me responderá que la sangre alemana nos
prohíbe cometer actos deshonrosos -ciertamente, el origen y la herencia
constituyen una obligación- pero yo creo mucho más en la lucha por los
judíos, no contra ellos. Tal vez sea verdad que los judíos no cuentan en
los tiempos modernos con muchos héroes de la espada, si se los compara
con los guerreros de nuestro pueblo. A cambio no han aportado menos
sabios, mártires y santos. También los salvadores del pueblo que ha
despertado deben reconocer que no pueden prescindir de los santos, de la
misma que manera que no pueden prescindir de aquellos en quienes jamás
se acalló la voz de los antiguos profetas y los principios morales más
elevados de la tierra. ¿Por qué entonces se los persigue en todo el
mundo, por qué se odia a esos curiosos extranjeros? Porque ese pueblo
situó la ley y la justicia por encima de todo, porque ha amado y
observado la ley como se ama a una futura esposa, y porque quienes
desean la sinrazón desprecian con desmesura a quienes reclaman la razón.
5 Señor canciller: los pueblos, como los hombres, no se conocen entre
sí, y no existe un mal mayor que ése. ¿Acaso los alemanes han puesto
empeño en prestar atención a algo que evitaban como la peste desde
niños, un prejuicio que se apoderó incluso de algunos judíos, que
comenzaron a avergonzarse de una procedencia que no es sino digna de
admiración? En verdad, si confiamos en sus palabras, usted y sus amigos
ya no luchan en Alemania contra los judíos, sino contra los renegados,
contra personas que se han perdido en la codicia y la voluptuosidad, han
desatendido las obligaciones de su fe y a las que sus hermanos judíos
no repudian menos que los alemanes. ¿Han actuado acaso mejor los
alemanes? ¿No se quejan de los judíos los tesoreros de las grandes
fortunas porque en realidad quieren arrebatarles el puesto? ¿Han
reducido los ciudadanos alemanes los intereses de sus bienes y
propiedades? ¿Puede uno, para castigar las aberraciones de unos cientos
que en la antigua batalla de este pueblo entre el pecado y la santidad
traicionaron las raíces más profundas de su raza, sacrificar a multitud
de inocentes? ¿No hemos dejado a un lado las venganzas sangrientas en
beneficio de la responsabilidad del individuo? En sus discursos invoca
usted al Todopoderoso, pero ¿no es acaso también un poder omnipotente el
que ha mezclado a los dispersados de ese pueblo entre los alemanes como
quien reparte la sal en el pan? ¿No son para nosotros, social y
moralmente, una necesidad por la capacidad crítica que nos ayuda a
distinguir con mayor claridad nuestras debilidades de nuestras virtudes?
Usted sostiene que Alemania se encuentra en una situación de necesidad,
pero en lugar de dirigir la causa de todos los oprimidos, se apacigua
el infortunio de una parte de la población mediante el infortunio de
otros, e incluso se admite que la culpa de los judíos es necesaria para
la prosperidad de la patria. Pero ¡sin justicia no hay patria! Hay un
judío por cada cien alemanes, y ¿resulta que es más fuerte? ¿No se
denigra a sí mismo el pueblo poderoso que expone a los indefensos al
odio de los desilusionados? Usted habla de los judíos que despertaron
hostilidades por su petulancia. Pero eso no ocurre sin nuestra
intervención. Es cierto que los judíos contribuyeron a allanar el
terreno para el pensamiento subversivo, pero ¿no fue su indignación la
consecuencia de nuestro injusto comportamiento hacia ellos? ¿No hemos
tratado a los judíos de manera humillante desde jóvenes? Y quienes
comparten un destino común, ¿no comparten también la misma ley y la
misma culpa? Me resisto a aceptar la idea disparatada de que todas las
desgracias del mundo hayan de atribuirse a los judíos, la rebato con el
juicio, los testimonios y la voz de los siglos, y si le dirijo estas
palabras es porque no encuentro otro modo de hacerme oír. Y no se las
dirijo como amigo de los judíos, sino como amigo de los alemanes, como
vástago de una familia prusiana cuyas ancestrales raíces se remontan al
período de las cruzadas antiguas y por amor a mi propio pueblo. Aunque
en estos días todo el mundo prefiera guardar silencio, yo no quiero
seguir callando ante los peligros que se ciernen sobre Alemania. La
opinión de la masa se vuelve con facilidad en su contra. Pronto se verá
condenando lo que ahora reclama con tanto fervor. Por mucho tiempo que
pase, al atormentado le llegará su perdón y al infame su castigo.
Llegará el día en que el primero de abril de este año no será sino una
dolorosa vergüenza en el recuerdo de todos los alemanes, una vez que el
juicio de sus propias obras cale en el corazón. Aunque se estuviera
calumniando a Alemania, ¿era necesario recurrir a semejantes medidas
sólo para defender la buena conciencia? Nos aseguran que en el
extranjero la situación se ha calmado por completo. ¿Por qué entonces
continuar con estas persecuciones en secreto? ¿No había un modo más
sencillo de abordar las calumnias sobre los delitos cometidos que, en
lugar de humillar a los judíos, pasara por darles una prueba de amistad?
¿No debe silenciarse de inmediato cualquier difamación ante los actos
de comprensión y amor? ¿No es la buena obra la mejor conversión? Señor
canciller: le dirijo estas palabras desde el tormento de un corazón
desgarrado, y no es mi voz, sino la del destino, la que habla por mi
boca: proteja a Alemania protegiendo a los judíos. ¡No se deje engañar
por los hombres que están a su lado en la batalla! ¡No están bien
aconsejados! Consulte con su conciencia como lo hizo cuando, al regresar
a casa de la guerra en medio de un mundo desenfrenado, emprendió el
camino de sus luchas. Saber admitir los errores acostumbra a ser
prerrogativa de las almas excelsas. Lo que la masa necesita es un gesto
visible. Restituya a los expulsados sus antiguos puestos, devuelva los
médicos a los hospitales y los jueces a los tribunales, abra las puertas
de las escuelas a los niños, sane la angustia que atormenta el corazón
de las madres y todo el pueblo se lo agradecerá. Porque aun en el caso
de que Alemania fuese capaz de prescindir de los judíos, ¡no puede
prescindir de su honor y su virtud!
6 «Sólo hay una fe verdadera -le está gritando el sabio Immanuel Kant
desde el sepulcro de su tumba centenaria-, pero puede haber distintas
confesiones.» Siga esta máxima, que le revelará el entendimiento de
aquellos contra los que combate. ¿Qué sería de Alemania sin verdad,
belleza y justicia? Si un día nuestras ciudades quedasen reducidas a
cenizas, y las generaciones se desangrasen, si enmudecieran para siempre
las palabras de tolerancia, las montañas de nuestra patria seguirían
desafiando al cielo y los bosques perpetuos murmurando, pero ya no lo
harían envueltos del aire de libertad y de justicia que respiraron
nuestros ancestros. Con vergüenza y desprecio hablarán de las
generaciones que arriesgaron a la ligera la suerte de la nación y
mancharon su memoria para siempre. Cuando exigimos justicia lo que
queremos es dignidad. ¡Se lo ruego! Vele por la nobleza, el orgullo y la
conciencia, sin las que no podemos vivir, ¡vele por la dignidad del
pueblo alemán!
Armin Theophil Wegner fue un intelectual alemán
que consagró su vida a la literatura y el pacifismo. Nacido el 6 de
octubre de 1886 en Elberfeld (hoy parte de Wuppertal, en Renania del
Norte-Westfalia), su padre era un arquitecto que ocupaba un alto cargo
en el ferrocarril prusiano, mientras que su madre, Marie Witt, era una
notoria activista por los derechos de la mujer que procedía de la
burguesía mercantil de Hamburgo. La primera juventud de Wegner
transcurrió entre los estudios de economía y derecho que realizó en
Breslau, Zúrich y Berlín, un viaje a Francia y otro a Italia, y una
temprana vocación por la poesía. A partir de 1909, mantuvo una estrecha
relación con los círculos de la vanguardia berlinesa y formó parte de la
constelación pionera del expresionismo, caracterizada la rebeldía
contra los valores de la Alemania guillermina y el rechazo a la sociedad
burguesa. Entabló amistad con Hugo Ball, Georg Heym, Else
Lasker-Schüler, Franz Pfempfert y Herwarth Walden, entre otros, y se
sintió atraído por el radicalismo social y literario de Kurt Hiller, a
quien conoció en la Facultad de Derecho. En 1914, se doctoró en Derecho
con una tesis inusitada para la época, en la que defendía el derecho de
huelga. La mayor parte de la obra poética que produjo hasta 1913
apareció en tres recopilaciones: Zwischen zwei Städten (Entre dos
ciudades, 1909); Gedichte in Prosa. Ein Skizzenbuch aus Heimat und
Wanderschaft Poemas en prosa. Un cuaderno de bocetos desde la tierra
natal y la errancia, 1910); y Das Antlitz der Städte (El semblante de la
ciudad), publicado tardíamente en 1917 a causa de la guerra y que fue
objeto de un procedimiento judicial por inmoralidad. Junto con Georg
Heym, Wegner fue uno de los primeros exponentes expresionistas de la
llamada Großstadtlyrik, la «lírica de la gran ciudad», y cantó la vida
convulsa de Berlín, vista como una moderna Babilonia.
La dramática situación social creada a partir de la crisis de 1929 y
el consiguiente ascenso del nazismo lo llevaron a tomar una decidida
postura antifascista. En las elecciones de septiembre de 1930, Wegner
firmó un manifiesto pidiendo el voto por el Partido Comunista, al que se
había vuelto a afiliar el año anterior, pese a que su reciente libro
sobre la Unión Soviética contenía, a partes iguales, fascinación por «la
nueva Rusia» y decepción por los signos de opresión que advirtió
durante su viaje. A principios de 1931, se solidarizó públicamente con
Carl von Ossietzky, procesado y encarcelado por «traición y espionaje»
como editor de la revista Die Weltbühne, que había denunciado el rearme
secreto del ejército alemán violando el tratado de Versalles. Como otros
escritores, empezó a recibir virulentos ataques de la prensa
conservadora y pronazi calificándolo de kulturbolschewist («bolchevique
cultural»). Finalmente, Hitler logró ser nombrado canciller en enero de
1933 y pronto fue evidente el peligro que corría cualquier opositor. El
Partido Comunista fue ilegalizado a fines de febrero. A fines de marzo,
unas 30.000 personas habían sido ya detenidas o asesinadas.
En abril de 1933, Wegner volvió a manifestar su sentir en una nueva
carta abierta, en esta ocasión dirigida al Führer. Dos semanas antes de
que redactara la carta se había aprobado la «Ley de plenos poderes», el
marco jurídico que Hitler necesitaba para establecer una dictadura. En
la misiva, Wegner suplicaba al canciller nazi que abandonara su
antisemitismo y le reprochaba los primeros actos de persecución de los
judíos: el boicot «nacional» contra los comercios judíos que había
tenido lugar el primero de abril y la ley que los excluía de cualquier
empleo público. Si bien la carta a Woodrow Wilson de 1919 se había
publicado en el Berliner Tageblatt, en esta ocasión ningún periódico se
atrevió a publicar el texto, de forma que decidió enviarla directamente a
la braunen Haus, la sede del partido en Múnich. La carta llegó hasta
Martin Bormann, el jefe de la cancillería, y la Gestapo lo detuvo en
agosto de 1933. Para aquel entonces, su nombre ya había sido incluido en
la primera lista de escritores prohibidos y en las primeras quemas de
libros, junto con los de Heinrich Mann, Bertolt Brecht, Stefan Zweig,
Alfred Döblin, Emil Ludwig, Lion Feuchtwanger, Erich Maria Remarque,
Erich Kästner, Kurt Tucholsky y Ernst Toller, entre muchos otros. Lo
torturaron en la infame Columbiahaus de Berlín y después lo internaron
en varios campos de concentración. A principios de 1934 lo liberaron
gracias a la intercesión de un grupo cuáquero británico y pudo huir de
Alemania. El gesto de Wegner fue el único intento por parte de un
escritor de desafiar el nazismo ridiculizando la idea de pureza racial
germánica y defender públicamente a la comunidad judía. La inmensa
mayoría de intelectuales opuestos al nazismo, incluidos los que tenían
un origen judío, creía entonces que la «cuestión judía» ocupaba un lugar
secundario en los planes futuros de Hitler. Por el contrario, Wegner
intuyó las posibles (y terribles) consecuencias que podían derivarse del
antisemitismo del nuevo régimen: un nuevo genocidio como el armenio.
Seis años más tarde, pocos días antes de la invasión de Polonia, parece
que Hitler exclamó en una arenga privada al mando militar: «Después de
todo, ¿quién se acuerda hoy del exterminio de los armenios?».
Tras refugiarse en Londres, Wegner se exilió en 1936 en Italia. Los
campos de concentración y el exilio provocaron que se divorciara de
Lola Landau, que había huido primero a Dinamarca con su hija y luego
emigró a Jerusalén. Wegner carecía de la identificación con el sionismo
de Landau y, aunque viajó a Palestina en 1935, no quiso establecerse
allí. En Italia, logró salir indemne de una detención en 1938 y sortear
un intento de internamiento en 1941, y sobrevivió a los primeros años de
la guerra dando clases de alemán en Padua, probablemente gracias a un
pequeña modificación involuntaria en el registro de su nombre. En 1943,
cuando el ejército alemán ocupó el norte del país, huyó al sur. Tras la
guerra, su nombre quedó relegado al olvido -hasta el punto que se lo dio
por muerto en el congreso de escritores alemanes celebrado en Berlín en
1947-, hecho al que contribuyó su propia decisión de permanecer en
silencio y alejado de su país natal, que no volvería a visitar hasta
1952. Casado de nuevo con la artista plástica Irene Kowaliska, también
de origen judío, con quien tuvo un hijo, recibió algunos premios y
homenajes en la década de 1960, aunque apenas volvió a publicar.
Falleció en Roma en 1978.
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